¿Empleados obedientes o con iniciativa?

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¿Cuántos trabajadores de una empresa se marcharían a otra ganando incluso algo menos, si la otra compañía le ofreciese más consideración, participar en las decisiones sobre sus tareas, aprovechara mejor sus capacidades, un equipo humano en el que reine la confianza o, resumiendo, les proporcionara la ilusión necesaria para comprometerse con su trabajo?

Yo diría que del 65 al 85 % de la plantilla, dependiendo del tipo de actividad. Siempre quedará ese pequeño porcentaje de personas que nunca verán su trabajo como un lugar de desarrollo sino como un mal necesario para ganar el dinero que les permita vivir.

Reflexión: si yo fuera empresario ¿querría quedarme con este perfil de trabajadores resignados a su suerte? O, por el contrario, ¿buscaría a aquellos que quiere vibrar con lo que hacen?

La clasificación del psicólogo Marston, agrupa a los trabajadores en 4 estilos de personalidades: dominantes, influyentes, sensatos y correctos, siendo el sensato el estilo predomínate con un 67 por ciento, cuyo lema podría ser: ¡Hagámoslo con cariño y armonía!

Según esto, en una empresa de 50 trabajadores habría 4 que persiguen a toda costa resultados pero que, a su vez, pueden ser bruscos cuando se estresan generando ansiedad en los demás. Otros 3 obedecerían al perfil de los que se entusiasman con los cambios, que todo lo ven posible, y convencen a los demás de que todo puede hacerse.10 empleados estarían en el grupo de los perfeccionistas realizando las tareas con precisión pero con poca iniciativa y, los otros 33, tendrían como valor predominante el buen ambiente en el trabajo huyendo del conflicto como del fuego.

Los empresarios se quejan mucho de no encontrar buen personal: preparado, con actitud positiva y trabajador. Los trabajadores, del otro lado, tienen la sensación de ser un número en la empresa y que no tienen aprecio del empleador más allá del trabajo que realizan, siempre bajo la amenaza de ser sustituidos por otros cien que están esperando ocupar su puesto. ¡Qué paradoja!

Algunas empresas ven la necesidad de cambiar viejos paradigmas y redefinen su MISION, VISIÓN Y VALORES sin acertar, sin embargo, con las metodologías adecuadas y ese nuevo espíritu no se filtra al resto de la organización, no cala, no es percibido como creíble. ¿Por qué?

Construir una organización con alma y corazón reporta indudables beneficios, a nivel humano y de rendimiento económico, pero requiere un gran esfuerzo y dedicación de todos. Empezando por soltar las resistencias al cambio real por el miedo que provoca la incertidumbre que supone darle la vuelta a la organización, sin garantías de cómo quedará; convertir a los empleados en colaboradores, pasando por esa sensación de “pérdida” de poder, que supone no tomar todas las decisiones, y apoyarse más en su capital humano.

El esfuerzo que esto representa -está constatado a través de los estudios- es inversamente proporcional a la velocidad de obtención de resultados, de modo que, a mayor esfuerzo inicial, menor tiempo para ver cómo la empresa prospera y evoluciona de una manera sostenible.

Eso explica claramente que cada vez sean más las empresas que cuentan con la figura del facilitador del cambio destinado a ayudar al desarrollo individual y colectivo de las plantillas, a promover la confianza y la comunicación en los equipos, a planificar todas las acciones motivacionales de la compañía y, en definitiva, a facilitar el desarrollo personal y profesional del trabajador, el PDI – Plan de Desarrollo Individual

Publicado en Ultima Hora

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