¿Es la exigencia realmente eficiente?

Muchas personas necesitan hacer las cosas mejor que nadie. Ser el mejor empleado, el mejor jefe, el mejor padre o madre, o el mejor hijo. Saber más que nadie o hacerlo todo bien para sentirse seguros. Tienen un alto nivel de exigencia consigo mismo y, por lo tanto, no nos engañemos, con los demás. Creen que las cosas se tienen que hacer de forma perfecta o no valen.

Son las personas que llamamos perfeccionistas.

Ser exigente está considerado, por muchos, como una fortaleza que los hacen más eficientes.

Les voy a demostrar lo equivocado de esta creencia.

La exigencia de “Se perfecto” es un mandato parental a retar, que nada tiene que ver con la eficacia.

Un perfeccionista nunca celebra lo que ha conseguido, sino que siempre tiene la vista puesta en lo que le falta, en lo que está mal. Es aquél que después de un viaje fantástico se siente insatisfecho porque no le dio tiempo de ver aquel museo, o templo o ciudad concreta, sin reparar en todo lo que sí ha hecho o visto. Es aquél que hace una tarta riquísima pero no le gusta el color del chocolate.

Es ése que prepara una fiesta en la que todo el mundo se divierte, pero se aqueja que le faltó una canción en concreto. O el estudiante que no puede disfrutar de los seis notables que sacó, porqué también ha sacado un aprobado.

Además, según la Ley de Paretto, realizamos el 80 % del trabajo en el 20 % del tiempo y esfuerzo, un perfeccionista gastará el otro 80% de esfuerzo y tiempo para realizar ese 20% de trabajo restante y dejarlo perfecto, lo que es absolutamente ineficiente.

Por lo tanto el perfeccionista está siempre condenado a la insatisfacción y a la frustración.

Una persona, cuyo objetivo principal al encarar cualquier tarea es hacerlo perfecto, vive el error como un tremendo fracaso y este fallo lo atribuye a que hay algo deficiente en él, que es tonto, un inútil… un fracasado. Vive con miedo a fracasar.

Para no sentirse de esta manera, evitará hacer muchas cosas en lo que no se sienta absolutamente seguro de triunfar, limitando así sus posibilidades. No sale a la pista de baile a disfrutar, porque no baila bien.

Esto también le llevará a necesitar tenerlo todo bajo control, y a no confiar en nadie, a no delegar. Imaginaros un padre o madre que no muestre confianza en su hijo porque a veces se equivoca, éste crecerá con la idea de que hay algo que no funciona en él, que no es digno de confianza o que no vale.

O un jefe que controle continuamente a sus empleados porque no confíe que lo harán todo bien, el resultado será desmotivación y falta de compromiso.

Esta situación, de sufrir la presión de un exigente, provoca que las personas no se responsabilicen de sus propias acciones y que en cuanto disminuye ese control, se escaqueen y así confirmar la creencia de que no se puede bajar la guardia.

El verdadero camino, para ser eficiente y responsable es la excelencia: una persona tiene la responsabilidad de ser la mejor versión de si mismo, sabiendo que todo es mejorable y por tanto tenderá a buscar la mejora continuamente, lo cual será fuente de satisfacciones y alegrías. Celebrará los éxitos y vivirá los errores como fantásticas oportunidades para aprender. De esta manera disfrutará con los retos, se atreverá a emprender proyectos nuevos sin miedo y permitirá que los de su alrededor se comprometan con sus labores porque confía plenamente en sus capacidades, manteniendo la motivación y su compromiso.

Así que la pregunta es: ¿con cuál de los dos prefiere vivir o trabajar?

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